Mis felices sencillos

 

No hace mucho que supe, concretamente unos días, cuando mi compañera Sara me pidió que escribiera un breve artículo para el blog de la empresa, que este sábado veinte de marzo se celebraba el Día internacional de la Felicidad, ni más ni menos. De manera inconsciente, siempre había pensado que en jornadas como esta se conmemoraban hechos o acontecimientos más tangibles o medibles, y que su misión no era otra que la de recordarnos la existencia de ciertas injusticias, enfermedades, o incluso la necesidad de que algunas personas o sectores desfavorecidos de la sociedad dispusieran de espacios como este para ser escuchados y no caer en el olvido. Más allá de que mi pensamiento fuera totalmente erróneo, pues he podido comprobar después que al cabo del año celebramos los eventos más dispares, no he podido evitar preguntarme si era posible que realmente necesitáramos de un Día Internacional de la Felicidad para auto recordarnos nuestro compromiso de alcanzarla, o al menos perseguirla, y procurársela también a nuestro entorno.

Si nos ceñimos exclusivamente al mundo empresarial, puedo decir que en mi día a día trabajo con multitud de empresas y de profesionales de todos los ámbitos, muchos de ellos vinculados al mundo de los recursos humanos, y me doy cuenta, a raíz de nuestras conversaciones alrededor de este tema, de que a menudo confundimos elementos como el bienestar, el placer o la salud con la propia felicidad. Es cierto que ayudan, como se dice del dinero, pero también lo es que no son definitivos, pues todos nos hemos encontrado en alguna ocasión con aquella persona que lo tuvo “todo” y que un día decidió dar carpetazo para dedicarse a aquello que realmente le hacía feliz, o con conocidos o compañeros que, a pesar de su trabajo rutinario, o de una salud mermada o una economía precaria, destilan serenidad por los cuatro costados y podemos describir como personas felices. Hechos como este tiran por tierra nuestra arraigada teoría de que siempre es más feliz el que más tiene, y abre otras posibles respuestas a la pregunta de: ¿cómo podemos ser más felices?

Pero bien, mi objetivo de hoy no es tratar de desgranar aquí el secreto de la felicidad en las empresas, que por supuesto desconozco, ni tampoco valorar la conveniencia de poner en marcha unas u otras acciones destinadas a alcanzarla, cosa que podríamos intentar hacer en el siguiente artículo, sino simplemente aprovechar el espacio que me brinda Sara para rendir homenaje a todas aquellas personas que nos rodean en nuestro día a día en el trabajo y que, de manera discreta y sin estridencias, manejan a la perfección el arte de encontrar la felicidad en los detalles más pequeños, consiguiendo que nuestro diminuto universo laboral sea mucho mejor y más llevadero. Cada uno de vosotros sabéis quiénes son, porque a menudo os los encontráis en la máquina de café, os los cruzáis por los pasillos, o intercambiáis breves llamadas telefónicas para comentar unos u otros aspectos relacionados con la compañía. A veces ni tan siquiera los conocemos en profundidad. Son personas que sin darse importancia nunca escatiman una sonrisa, un “buenos días” o un sincero “qué tal estás”, y que con su felicidad sencilla hacen que nuestra vida nos sea un poco más grata. Ninguna política implantada desde los departamentos de recursos humanos y dirigida al bienestar de los empleados tendrá sentido si antes no cuidamos y reconocemos a estas personas tan necesarias en nuestro mundo frenéitico.

Así que aquí va mi pequeño homenaje. A todos mis felices sencillos, gracias.